Dios me enseñó a amar, incondicionalmente, como Él me ama a mí. Sin miedos ni egoísmos, sin orgullo ni vacilación. Me enseñó a entregar mi amor, incluso a los que no saben amar.
Dios me enseñó a perdonar, como Él me perdona. Sin juzgar, comprendiendo que todos cometemos errores, y que no necesitan pedírmelo para liberarlos de su culpa.
Dios me enseñó a elegir, a utilizar mi libertad buscando lo mejor para el mundo y para mí.
Dios me enseñó a soñar y que los sueños se cumplen. Por eso me gusta soñar con un mundo lleno de paz, sin dolor ni sufrimiento.
Dios me enseñó a sentir todo lo bello y comprenderlo. Y también me enseñó a comprender lo malo.
Dios me enseñó a sonreír, y hoy sé que una sonrisa puede salvar una vida, que una pequeña sonrisa es igual a un rayo de sol.
Dios me enseñó a vivir, por Él, por mi prójimo y por mí. A vivir con la esperanza de un futuro mejor, cerca suyo, un futuro sin sombras.
(6 de Octubre de 2006)