Recuerdo cuando era chico, en carnaval, que como soldado del año 2500 salía junto a mis compañeros a enfrentarnos contra nuestros temidos enemigos extraterrestres de la calle de enfrente, dotados de la más alta tecnología en armamento y técnicas de combate espaciales, nos movíamos con cautela para no ser detectados y alcanzar nuestras posiciones, y una vez preparados acechábamos, hasta que la sangre hervía y con un rugido nos lanzábamos hacia nuestros enemigos. La batalla era ardua, las armas de nuestros contrincantes estaban muy emparejadas con las nuestras, los globos con agua volaban, y luego del contacto inicial ya no se reconocían a los enemigos de los amigos, el agua se escurría por nuestra ropa y la munición empezaba a escasear, en el frenesí siempre había algún valiente que se sacrificaba y dejaba la batalla para ir a reaprovisionarnos, o aprovechar la situación para cargar el tan temido balde con agua y empapar así a todo el mundo. Cuando las horas pasaban y el frío de la tarde se empezaba a sentir, era hora de volver a casa, humanos y alienígenas dejaban sus diferencias de lado y volvíamos a ser nosotros, para reunirnos al rededor de una mesa y disfrutar de una rica leche caliente con algunas masitas o torta que nos preparaba la madre de turno.
¿A quién de chico no le gustó jugar a la guerra, a los soldados, ninja, o a la guerra de soldados ninja? En lo personal es una época que disfrute, y que guardo con gran cariño en mi corazón. ¿Pero qué pasa cuando la guerra no es juego? ¿Qué pasa cuando los soldados son niños? ¿Por qué en este mundo del 2000, “civilizado”, hay pequeños que en vez de recibir un juguete, reciben un arma?
La guerra es una criatura desagradable, una enfermedad que destruye familias, y pone a hermano contra hermano, pero esta es una de sus caras más depravadas. Nos horrorizamos cuando un pequeño nos pide una moneda, culpamos a la gestión política, a sus padres, incluso sentimos el deseo de dejarlo todo y ayudarlo. Pero, después de unos minutos prendemos “la tele”, volvemos al mundo de rosas e ignorancia, y olvidamos.
Yo ya no quiero rosas, no quiero olvidar, no quiero más guerra, ni chicos con armas.
Pido por que los únicos soldados que veamos sean los del año 2500, que las únicas armas sean globos y baldes con agua, y pido que las tropas puedan volver a casa, como amigos, a compartir un vaso de leche y un pedazo de torta.
Les dejo este artículo, que en parte es lo que me llamo a escribir unas líneas, es de terra del día 08/04/08:
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40.000 niños son reclutados por la guerrilla colombiana
El número de niños reclutados por las guerrillas y los paramilitares en Colombia ha crecido hasta aproximadamente 40.000, de los cuales unos 14.000 son miembros de estos grupos de manera directa, es decir, empuñando armas.
Así lo reveló la investigadora Natalia Springer en un estudio entregado al Congreso colombiano en el que afirma que cada día el Ejército capta comunicaciones donde se sabe que, cada vez más, los niños son utilizados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) o los paramilitares como ‘correos, escudos humanos, esclavos sexuales y mensajeros de provisiones’.
Según Springer, hay lugares en Colombia donde los guerrilleros no hacen fogatas para evitar ser detectados por las fuerzas de seguridad y ahí es cuando utilizan a los niños para el transporte de comidas y para evadir controles de seguridad.
En el informe, del que se hace eco Caracol Radio, la investigadora añade que mientras han bajado el secuestro y el desplazamiento de personas, está aumentando la utilización de minas antipersonales y de niños y niñas.
Springer denuncia además que hace unos años se reclutaban menores de unos 12 años, pero que ahora la edad ha bajado hasta incluso 10, y señala que las causas son ‘estructurales e inherentes’ al conflicto. La principal es el hambre y los niños buscan ingresar en las filas de la guerrilla o de los paramilitares como una medida de supervivencia.
En la mayoría de los casos, añade, los niños proceden de ambientes familiares violentos en los que ven o sufren maltratos y viven rodeados de drogas o alcohol. Las regiones colombianas donde los reclutamientos son más habituales son los departamentos del Putumayo, Meta, Caquetá, Arauca, Santander, Norte de Santander, Valle y Tolima, entre otros.
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PD: ¿Cuándo perdimos tanto el camino?